Cuauhtémoc para las y los jóvenes
Que no le digan…
Por Mario A. Medina
Pude entrevistar al ingeniero
Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Frente Democrático Nacional (FDN) en aquella
emblemática elección presidencial del 6 julio de 1988. Fue una charla del
aeropuerto de Guadalajara a Ciudad Guzmán donde habría de tener él un mitin de
campaña.
Viajamos en una Suburban. La
entrevista habría de publicarse días después en el Semanario La Unidad, del
Partido Mexicano Socialista (PMS).
Habló del significado que tenía
para él ser candidato de la izquierda política y de la izquierda social del
país; agradeció al ingeniero Heberto Castillo haber declinado a su favor; hizo
un reconocimiento a la lucha de quien había sido su profesor en la UNAM y su
amigo, Heberto a quien el general Lázaro Cárdenas le dio resguardo en su casa,
perseguido por el gobierno represor de Gustavo Díaz Ordaz. “Si te agarran, te
matan”, le advirtió.
Cuauhtémoc Cárdenas murió el
pasado miércoles por la noche. Al día siguiente la mayoría de los medios
escritos y electrónicos se refirieron a él como “el ingeniero de la
transformación”, “referente histórico”, “apóstol de la democracia”. Habían
olvidado que, en aquellos años del salinismo, estos mismos medios, le daban la
primera plana, pero era para descalificarlo.
Quienes nacieron en aquel 1988,
cuando el entonces candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari se robó la Presidencia
del país acaban de cumplir 39 años. Vinieron nuevas generaciones y para la
mayoría de ellas y ellos, poco o quizás no les diga nada lo que hoy representa
para la democracia mexicana la lucha de Cuauhtémoc Cárdenas, el tres veces
candidato presidencial y primer jefe de Gobierno electo de lo que fue el
Distrito Federal y hoy Ciudad de México.
Tal vez no les diga nada por qué Cárdenas,
Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y un nutrido grupo de priístas reclamaban
democracia dentro del PRI, ¿por qué formaron una Corriente Democrática, por qué
exigían que la elección del candidato presidencial debería ser democrática, y
no por “dedazo”.
Cuauhtémoc y quienes se sumaron a
él, y una parte importante de militantes de distintas corrientes de la izquierda
partidista, de la izquierda social, en una decidida determinación por cambiar a
este país, pelearon por una transición democrática, la cual fue lenta y llena
de vicisitudes.
Aquellos, por esa convicción, fueron
víctimas de represión y muerte por parte del gobierno priísta de Salinas. Se
estima que en aquel gobierno usurpador de la voluntad ciudadana fueron
asesinaron, al menos, 500 militantes del Frente Democrático Nacional y del entonces
Partido de la Revolución Democrática (PRD) que fundó el propio ingeniero
Cárdenas.
La lucha no se circunscribió a
Cárdenas y las dirigencias partidistas. La gente, el pueblo salió a las calles;
no fue elitista. La insurgencia popular fue fundamental, definitiva para llegar
a donde hoy estamos parados en materia de democracia. Como reportero pude vivir
y narrar la furia, el enojo de la población que tomó las calles al lado de
ingeniero Cárdenas; en la Ciudad de México, pero también fuera de ella, en la
Laguna, en Chiapas, en Veracruz; Chihuahua, Baja California, Yucatán,
Guanajuato, San Luis Potosí; en todo el país la población salió a respaldar aquella
disputa por la nación.
Cuauhtémoc, no me cabe duda, es
hoy el máximo luchador social en nuestro país, es “el gran precursor de la
gesta democrática contemporánea”, por las circunstancias en que se dio, porque
movilizó a millones sin tener que recurrir a corporativismos. Fue sólo cuestión
de convicciones. La Cuarta Transformación es producto de su lucha.
Como escribió mi amigo Armando
Ochoa allá en Durango: “Aquel 6 de julio no solo «se cayó el sistema»
electoral: se desplomó un régimen político entero. El anhelo democrático que
había nacido en las luchas estudiantiles de 1968, por fin encontraba dónde
fluir a través de la insurgencia electoral”.
Aquel movimiento, apuntó la
secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, “nos mostró un pueblo,
dispuesto a participar, a exigir respeto y a reconocerse como protagonista de
su historia”.
Es precisamente en ese momento
cuando surge lo que hoy conocemos como la “Revolución de las Conciencias”. Aquel
México, el urbano, el rural, el estudiantil, la clase media, la clase obrera hicieron
suya la razón de la pretensión del hijo del general, lo que significaba aquellas
luchas, porque también eran sus luchas.
Cárdenas, como bien destacó Pablo
Gómez, enfrentó campañas de mentiras e insultos, acciones verdaderamente
grotescas, sucias, de quienes, periodistas, por ejemplo, le levantaban
infundios en los diarios, en las revistas; en el Canal de las Estrellas,
Jacobo, por ejemplo. Hoy, cínicamente, ofrecen a la familia Cárdenas Solórzano
sus condolencias. ¡Qué cinismo!
Esos mismos periodistas eran
quienes daban línea para que los reporteros de medios corporativos redactaran
notas descalificando la lucha de Cuauhtémoc.
Hoy puede haber muchas críticas por
lo que hizo o no se atrevió a encabezar, como cuando le proponían iniciara una
insurrección armada contra el fraude. Tuvo la cabeza fría y la inteligencia
para que su lucha fuera pacífica.
Leo, escucho disparates, que hoy
no vienen al caso, porque es más grande, pero mucho más grande su legado
político y social, que lo que se le puede criticar. Es, como lo calificó Pablo
Gómez, “un patriota”.
Percibo, es lógico que, por el
paso del tiempo, las y los jóvenes tengan un desconocimiento de aquella lucha
del ingeniero Cárdenas y lo que significa hoy. Lamento que muchos, producto de
la manipulación mediática, afirmen que el actual régimen, el de la 4T, se
parece a los gobiernos priistas, corruptos, antidemocráticos, represores. El
problema es que no lo vivieron.
Murió el ingeniero Cuauhtémoc
Cárdenas, pero no su legado, sus principios, su convicción, su compromiso en la
defensa de la soberanía nacional.
La historia es muy importante y,
más, conocerla y entenderla, saber para qué nos sirve la historia. Me imagino
un libro ilustrado, al estilo de Eduardo del Río, Ruis, con lenguaje accesible
y humorístico para explicar a Cárdenas, al hijo del General para conectar con
el público, que podría llamarse: Cuauhtémoc para las y los jóvenes.
Que no le cuenten…
“México vive
momentos oscuros”
grita Krauze en
España,
“somos objeto
de agresión cotidiana;
vivimos años
terribles”.
“La libertad de
prensa en México
muerta se
encuentra”,
con sus reyes
nos acusa,
y es que el
pobre Krauze cuenta no se da
que sus letras
libres muertas ya están,
ya nadie las
pela, ni una flor les avientan.
Una cosa es
cierta, a Krauze y Camín,
la cercanía con
el poder se les acabó.
Ya no son El
Príncipe, ni Fouché, tampoco son.
Ya no les piden
concejos ni operación Berlín
con bots.
Hoy de lo que
hablan, gritan y reclama:
“extrañamos una
buena luz” conocida
como marmaja
o si quiere de
otra forma, Aguilar Camín
en sus anexos
la define como “apapachos”,
lo mismo se
llama: “una buena lana”
es, en una
palabra, su democracia chayoteada.

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