Que no le digan
El amo y su perrita
Mario A. Medina
Llegó rodeado de un montón de
“guaruras”, de una “porra” pagada con poca imaginación, que lo único que se le
ocurrió fue plagiarse el “¡presidente! ¡presidente”, ¡presidente!” de los
mexicanos a López Obrador.
Lo esperaban varias cámaras de TV,
Inés Sainz, su empleada, que tenía una misión, hacerle preguntas a modo para
que se luciera su patrón.
Lo mismo el “Warrior”, a quien a
pie de cancha y en vivo le dijo: “…el futbol nos une (…), el trabajo en equipo,
el esfuerzo. Lamentablemente también salen cosas desagradables, por ejemplo,
cuando hay una pequeña minoría que abusa de los demás y genera violencia, o
cuando las autoridades no hacen su trabajo”.
Poco antes de llegar al mítico
Estadio Azteca, a través de X, Ricardo Salinas Pliego informó que se preparaba
para asistir al partido inaugural entre México y Sudáfrica. “Bueno pues,
ya es hora de mi cita con México ¡Vamos a ganar México!”, publicó el
empresario.
La inauguración de la Copa del
Mundo, había pensado seguramente, era el escenario ideal para iniciar su
propósito, su “destape”, para de dejarse ver, venderse como el próximo presidente
de México. Vestían la camiseta verde del seleccionado nacional; su esposa, María
Laura Medina, con el número 20 y él con el 30: 2030. Mensaje subliminal.
Los empleados de su televisora
habían preparado el escenario como si fuera el de “Venga la Alegría” o, mejor
dicho, el de “Acércate a Rocío”, el talk show que conduce Rocío Sánchez Azuera,
un programa que es reconocido por ser un “fraude televisivo”, o el de Paty
Chapy, de “puro chismecito”.
Quienes lo esperaban, lo rodearon,
lo cubrieron al llegar. Eran los del staff de su televisora. Conocían
perfectamente lo que ordenaba el script que les había preparado desde la
televisora del Ajusco, llamarlo “¡presidente!”
Las crónicas periodísticas
narraron al día siguiente que “la presencia del empresario no pasó
desapercibida” y que “mientras algunos aficionados le expresaron apoyo y
entusiasmo, otros reaccionaron con críticas y comentarios negativos”.
Contaron que “en algunos de los
videos difundidos se escuchan expresiones de respaldo por parte de personas que
incluso lo mencionan como una posible figura política en el futuro, mientras
que otros asistentes respondieron con abucheos”.
Fue lo máximo que se atrevieron a
contar. Censuraron, callaron lo que del ingenio de uno de los mexicanos salió;
uno que no se aguantó las ganas de decirle lo que sentía, y de lo que más
adentro de su alma lo describió: “La perrita de Trum”, y el dueño de Elecktra
volteó hacia donde había surgido el grito de quien lo había fichado.
“La Perrita de Trump”, fue “el apodo que
desmanteló”, como bien señaló Jesús Escobar Tovar, sus intensiones de hacerse
presidencial, de sus sueños para que México regrese al pasado neoliberal, al
viejo sistema que le condonaba el pago de impuestos, que permitía a ladrones de
cuello blanco hacerse de canales de televisión o robárselos a punta de pistola
el 40: El Chiquihuitazo”.
La frase ingeniosa era más que
una humillación a quien se dice llamar el “Tío Richi”; es el reflejo mismo de
los “sentimientos de una nación”, de un sector muy amplio de “mexicanos
jodidos”, como él los identifica, a quienes cuando se retrasan en sus pagos
chiquitos que le deben a Elecktra, un despacho de cobranza procede con una
demanda, y amenaza de llevarlos a la cárcel para recuperar el mondo del
crédito. Ricardo Salinas, es implacable con quien no le paga; no perdona que
nadie le deba.
“La perrita de Trump” fue más
allá de ser una tendencia en redes, fue más que un corrido que ya se escucha,
que ya se canta. “La perrita de Trump”
es más que un apodo, “La perrita de Trump” ha sido más que montón de memes, de
caricaturas de los moneros en los diarios.
Salinas Pliego se ha
comparado con el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Tiene razón. Son usureros, son evasores fiscales, hacen negocios desde el
poder, se enriquecen desde el poder; son narcisistas, arrogantes, clasistas
(“mis hijos no son de Ecatepec”), presume.
Abos desprecian y maltratan a
quienes consideran inferiores, son incitadores del acoso digital, misóginos. Sí,
son muy parecidos. El amo y su perrita se victimizan, se dicen “perseguidos
políticos”.
El grito “la perrita de Trump” que
captó un youtubero español y que salió de un mexicano, y que YouTube censuró,
es un grito que siempre seguirá sonando más duro que el alarido de “gooool” en
un estadio. Será su epitafio en el Azteca: “Aquí yace, la perrita de Trump”.
Que no le cuenten…
Y mientras Ricardo Salinas en el
Azteca firmó su epitafio, en Versalles, su amo rubricará su fracaso, su derrota
en el Golfo Pérsico.
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