· La Enseñanza del Maestro
· Periodismo de pura verdad
Francisco Gómez Maza
Me habría gustado participar en el homenaje al periodista y maestro de reporterismo, maestro de muchos y mío, el inigualable periodista, hasta la muerte, y muerte de cruz, Don Manuel Buendía Téllezgirón, michoacano de estirpe y mexicano de corazón. No pude porque me mata la vida que se acaba, que va extinguiéndose con aparente lentitud, y que entre dolores de acá y de allá de éste mi cuerpo restaurado no me permite coger la libreta de apuntes y el bolígrafo chino, ese que de regreso de uno de sus viajes a China me regaló Emilio, mijo, y para tomar nota del acontecer cotidiano de mis días apoltronados en una silla de ruedas que me obsequió una amorosa fundación de esas que gentilmente encabezan personas bondadosas.
Pero estuve muy pendiente de la memoria del maestro. Y en esas tareas de la memoria estaba, apoltronado en mi asiento de color amarillo, recordando que entre jornada y jornada, leyendo y releyendo la columna periodística del ilustre michoacano, reportero de una pieza como fiel testigo del acontecer cotidiano, fuera amargo o dulce, especialmente de sabor acibarado por el odio de la delincuencia, del crimen organizado, como le llaman los buenos a los grupúsculos dedicados a hacer el mal en esta gran sociedad del consumo y el desperdicio, en donde solamente brillan los héroes que redactan la crónica cotidiana del delito, de la muerte y que se topan con esta dama del horror a toda hora porque narran hechos que vulneran los corazones de la humanidad con dosis fuertes, duras, de metanfetaminas y opioides que destrozan la humanidad de millones de seres que, al consumo de estos, asesinan su humanidad.
En esas tareas estaba Manuel Buendía Téllezgirón, destapando la cloaca de la corrupción, del comercio clandestino de estupefacientes, en este pobre México abandonado en manos de la gente mala, más que mala, perversa, al abrigo de alcahuetes gubernamentales, cuando una ráfaga expansiva atravesó su espalda y destripó su corazón, un fatídico 30 de mayo de 1984, seis días después de haber celebrado su nacimiento, un 24 de mayo de 1926. A mí solamente me quedó el dolor de la muerte, el olor a pólvora mezclada con la sangre del periodista michoacano, y la lección de reporterismo que me condujo por la vida en el mismo diario, el más importante de cuarenta, donde el maestro publicaba cotidianamente “Red Privada”. Aquel Excélsior que me enseñó que el periodismo es una manera de vivir por la verdad. Dolió en serio el asesinato del maestro. Y lo más dramático es que, habiendo sido asesinado por denunciar el crimen de agencias estadounidenses y la alcahuetería de gobiernos cómplices, Buendía Téllezgirón estaría, de nuevo, enfrentando con su estilográfica ahora convertida en procesador más violencia en tu tierra Michoacán de Vasco de Quiroga…
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